martes, 18 de septiembre de 2012

UNA TARDE DE SEPTIEMBRE




 
11'30 pm, vuelvo por la noche de dar una vuelta por el retiro con un buen amigo. Hacía tiempo que no iba al retiro, es un sitio por el que me gusta caminar, aunque un domingo por la tarde de septiembre quizás no sea el mejor día. Demasiada gente, algunas personas en las que me fijo no parece que sepan muy bien que demonios hacen ahí, puede que hayan sido arrastradas por su pareja, por sus familias o no tenían nada que hacer y han acabado dirigiendo sus pasos hacia el famoso y emblemático parque madrileño.
 
Hacía una tarde muy buena, una más de esta última semana, un anochecer de cuadro impresionista en la salida que da a la Plaza de Neptuno. Estábamos contemplando mi amigo y yo la magnífica postal, cuando nos interrumpieron dos bellas chicas que a penas acaban de comenzar la veintena de sus vidas. Me pidieron que les hiciese una foto con el anochecer de fondo, no salieron contentas de las dos primeras tomas y me pidieron un tercer flash con el que acabaron por verse como esperaban. Una instantánea idílica de domingo veraniego por la tarde en el Retiro. Un verano que empieza a mostrar sus primeros síntomas de agonía. De un ocaso que se extenderá lentamente hasta las primeras semanas de octubre.
 
Mi amigo y yo hablamos de nuestras cosas, donde siempre aparecen temas universales como las relaciones entre hombres y mujeres, el valor de la amistad y la sana intención de hacer un chascarillo de cualquier cosa, sobretodo de nosotros mismos.
 
Y más tarde tomamos unas cañas acompañadas de unos ricos canapés en un bar de los de toda la vida en Madrid, en la zona de Huertas. Con su espléndida y generosa barra de mármol inmaculado. La que no era de toda la vida era una esplendida chica en la que nos fijamos al otro lado de la barra. Rubia, alta y poderosa físicamente, anunciaba en su genética el ADN de los poderosos países del Este, ahora símbolo de la opulencia más extrema de unos pocos en contraste con una mayoría de clases sociales más cercana que nunca al umbral de pobreza.
Y salimos del bar castizo y con solera para seguir nuestra caminata desde Huertas en dirección a Sol. Me animé a acompañar a mi amigo hasta Moncloa andando, atravesamos la Gran Vía entera, para continuar por Princesa hasta desembocar en el imponente edificio del ejército del aire. Mi amigo se despidió de mi en el intercambiador y yo decidí rememorar viejos tiempos cogiendo en la plaza de enfrente el 132, que empieza su recorrido ahí mismo.
Un recorrido nocturno por los barrios de Moncloa, Arguellés, Plaza de Cristo Rey, Ciudad Universitaria, Saconia, Franco Rodríguez, San Restituto, Ofelia Nieto hasta llegar a mi querido Barrioo del Pilar.
En este recorrido de casi cierre de línea solo fui acompañado por el conductor y una chica solitaria que por sus vestimentas parecía haber cerrado alguna tienda en el turno de tarde, completamente abstraída en la música de su Ipad.
Yo no tenía Ipad, pero en mi cabeza sonaron dos canciones durante este solitario e intimista recorrido.
 




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